(Foto: Jaime Alonso)
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Carlos Godoy es un misterio. Nació en Córdoba, vivió en Lobos, ahora se instaló en Buenos Aires. En el barrio de La Boca, más precisamente. Allí recibe a Infobae Cultura. Abre la puerta de vidrio del edificio y subimos a un ascensor que desemboca en su departamento, un monoambiente enorme con ventanales de vidrio que invitan al vacío. Desde ahí se ve la Bombonera, y esa imagen, en este raro día de sol, luce poderosa. «Yo no soy de Boca, nada que ver, soy de Belgrano de Córdoba, pero La Boca es un barrio alucinante», dice mientras prende la cafetera y se sienta en un sillón de corte aristócrata. Entre nosotros corretea un gato llamado Wanchope. El grabador ya está prendido. Comenzamos a hablar.

Lo misterioso de Godoy es su obra, que no se queda quieta, que escapa a la fosilización temática y genérica. Empezó escribiendo poesía —Prendas, La temporada de vizcachas, Paritarias, Soy la decepción y Escolástica Peronista Ilustrada—, luego pasó a la narración —con la nouvelle Sugar blueberry, sugar blueberry y los libros de cuentos Can solar y La colección—, mientras el ensayo y la crítica hacían su trabajo, hasta llegar a la novela. En 2014 apareció La construcción: un objeto extraño, abierto, que metía un poco de ficción y misterio sobre las Islas Malvinas. Hace poco la editorial 17 Grises compiló gran parte de su poesía en el libro El indio salario. Y de repente, sin que nadie se lo espere, ésto: Jellyfish: diario de un aborto.

«No sé cuándo se vio tanta gente prendida a la tele viendo el Congreso; fue delirante», comenta sobre aquel episodio inédito para la historia reciente argentina. El movimiento feminista, en constante crecimiento, canalizó su poder de convocatoria en un objetivo concreto: que se apruebe la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Sin embargo, el resultado fue negativo. El poder legislativo no dio la segunda media sanción y aquella noche de frío polar del 8 de agosto de 2018 se convirtió en una postal histórica e inolvidable. ¿Cómo no sentirse interpelado, antes y durante? Durante esos días, Godoy escribió esta novela, casi dándole un volantazo al rumbo esperable de su obra.

Yaki, la protagonista, es una adolescente de 19 años, hija de una dramaturga medianamente prestigiosa, que estudia Letras en la UBA y le gusta salir, bailar, drogarse, ese tipo de cosas. «Una cheta-neurótica-aspiracional». Sin quererlo quedó embarazada «de un pelotudo», de Tomi. En su iPhone empieza a escribir un diario. «¿Cómo tiene que escribir una persona que va a abortar por primera vez?», se pregunta. Entonces empieza a contar el día a día: el test de embarazo, su relación con Tomi, el sexo con él, con otra gente también, sus salidas, sus consumos culturales, estupefacientes, análisis literarios, pensamientos minúsculos, hipótesis de época, comentarios ácidos de la realidad que la envuelve. Hay neurosis, mucha, que se vuelve adictiva porque la prosa funciona de solvente. Habla con «agrupaciones lesbianas» que le explican cómo abortar. Entonces decide hacerlo. Y lo hace.

(Foto: Jaime Alonso)
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La novela salió hace algo más de un mes por Tusquets con un cuadro verde abortero en medio de la tapa. Godoy venía trabajando en el tema: entrevistó mucha gente, muchas chicas que abortaron, monitoreó el tema en los medios, en la calle, los debates, las posiciones. Se obsesionó. Dejó enfriar un poco esa mezcla recabada hasta que se sentó a escribir. Pensó en la voz narradora: «Me pareció que la mejor forma de contar esto era con un diario y desde la voz de una chica, para que tuviera un poco de sentido, credibilidad y empatía. Además, no hay cosa que tenga más flow que un diario». Dos meses de tipeo compulsivo y el libro estaba listo.

«Había muchos casos de abortos que no eran narrables, porque no pasaba nada. Yo traté de agarrar algunos casos que me servían para el personaje, para la tensión de la novela, para la trama. Y también toda la data que andaba dando vueltas en la red, en los medios, en todos lados», agrega. De pronto se queda pensando, alguna pelotita dentro de su cabeza golpeando contra las paredes del cráneo, y dice: «Esperá que te muestro algo». Trae una hoja con un cronograma, día por día y hora por hora, todo lo que vive su protagonista. Esquematización.

—¿La novela estaba lista antes de que el Senado rechace la legalización del aborto?

—La idea mía era publicarlo en agosto del año pasado. Un delirio. La verdad es que yo quería escribir sobre el aborto para que saliera antes, porque yo pensaba que el aborto se iba a aprobar. Como la ley finalmente no salió, ahí el texto tuvo un poco más de respiro. Entre todas las editoriales a las que se lo mandé, Tusquets se copó y me dijo: «Mirá, me hice un hueco para sacarlo en marzo». En noviembre ya me dijo que la quería publicar. Es súper inaudito en estos tiempos. Y me ofrecieron muy poca plata para lo que yo esperaba. Hablé con un par de escritores amigos, incluso muchos que publican en Planeta, y me dijeron: «Agarrá, agarrá, porque es eso o nada». Y bueno, la verdad que se laburó bastante rápido, y lo terminamos en tiempo récord.

—Es una novela que parece salirse de la línea en que venía tu obra.

—Sigo mucho una idea medio ballardeana que es que tenés que escribir en función de lo que creés que se va a leer, sino no tiene mucho sentido. El proyecto personal va por un lado, y cada uno tiene un proyecto personal, pero hay que tener una relación con la historia y con el presente. Me parece que la novela tiene varias capas: tiene una parte de crítica, un poco de documental, mucho con la literatura del presente y del yo y de las redes sociales… hay muchas hipótesis mías dando vueltas en la novela, pero a su vez es lo que tuve que hacer para que me publiquen en una multinacional. Nadie me quería publicar la segunda parte de La construcción. No se está apostando a proyectos de autor.

(Foto: Jaime Alonso)
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Yaki tiene acidez de sobra. Su estado de pregnant (embarazada), como dice ella, la pone así: una especie de nihilismo arrollador. Tal es así que nunca habla de feto, ni de bebé, mucho menos de hijo. A lo que crece en su vientre lo llama jellyfish, el nombre en inglés de la medusa. Así se lo imagina y así lo nombra. Ese poder le da el lenguaje. «Esto no es escribir, es hablar de mí», dice Yaki, y también: «Exteriorizar, objetivar lo que te pasa para que no se te haga un cáncer de garganta». Yaki habla sin parar. De pronto la lucidez se impone: «La única clase a la que le importa es la clase progre, que lo usa como bandera contra el Estado, contra la hegemonía de la derecha que ganó el sentido común». O cuando dice: «Nosotros, las personas que vivimos en países tercermundistas, vivimos en la ilegalidad». Sin embargo, no hay heroísmo: «La muerte está siempre, porque sentís que matás algo». Así piensa Yaki, pero detrás de ella no hay una mujer, sino un hombre: Carlos Godoy.

—¿Pensaste en el mansplaining: que te acusen de que con esta novela querés explicarle a las mujeres cosas de mujeres?

—Y… es la crítica fácil. Es lo primero que podrían decirme. La espero todo el tiempo. En las redes ya se pronunciaron un montón de minas. Incluso la editorial quería que tuviera una cita de Pedro Mairal. Yo les dije: «No, sin cita, amigos». Y la tapa era otra. Yo había armado una con un screenshot de Google donde en el buscador decía «Pastilllas para abor…» y todos los resultados de la búsqueda. Esa tapa estaba buenísima, era súper cool. La verdad que las tapas que me mandaron de Tusquets eran horribles. Les dije que pongamos algo verde y listo. Además, yo no quería que saliera con mi nombre. Quería que saliera con el nombre de la protagonista. Y yo quería venderle a Tusquets diez libros más donde ella contaba sus aventuras sexuales, un viaje a Humahuaca drogándose, cosas así. Ya lo tenía todo pensado. Yo fabulaba con eso. Pero ellos no quisieron que salga con seudónimo. Quisieron que salga con mi nombre. Les pareció interesante esa contradicción. A mí también, qué se yo. También hay una apuesta editorial por el bardo donde yo me expongo como un conejillo de indias o como un boludo, no sé. Yo no quiero pelearme con nadie, pero bueno, lo escribí yo.

—La novela tiene varios planteos. Por un lado, se habla del aborto como «un descampado para la lucha de clases». Por otro lado, de que es un tema de la clase progre.

—Es raro. El gobierno más progresista que tuvimos en los últimos años, que fue el kirchnerismo, no dio luz verde a este tema. Y a su vez, el gobierno más de derecha que hemos tenido desde la vuelta a la democracia, en el sentido más liberal y del uso institucional de la fuerza, y también en el sentido de más domesticación de la clase media, sí le dio luz verde. Desde una mirada paranoide y duránbarbesca, es una forma de darle algo a la clase progre para que se entretenga. No hace falta ser tan paranoide: vos ves cuándo se debatía y ves también cómo nos la estaban poniendo con el FMI. Eso por un lado, desde una mirada más macropolítica. Pero después, desde la mirada de clase, para mí sin dudas es una bandera del progresismo. Lo que dice la protagonista es que el aborto es la batalla para entrar a la Modernidad, la forma de empezar a funcionar como eso que decía Néstor Kirchner: un país serio, autónomo, que trata de tener un Estado que dé las respuestas que tiene que dar como Estado. En ese sentido, que es un problema de salud pública, la clase progresista lo tomó como una bandera. Fijate también, y no sé si es sintomático, cómo durante el kirchnerismo el gremio de actores se recontra politizaron. Y eso es súper extraño: actores politizados. Hay casos en la historia argentina pero no de un modo tan explícito como durante el kirchnerismo. Y hoy Actrices Argentinas es una de las agrupaciones más visibles a favor del aborto. Una bandera progresista y una forma de pretender avanzar sobre la derecha. Es paradójico porque yo creo que la derecha está a favor del aborto. La protagonista lo dice. Un pensamiento de derecha, ¿por qué no va a estar a favor del aborto si es una forma de eficientizar el liberalismo? La discusión del aborto no pasa, para mí, por el pañuelo verde y el pañuelo celeste; me parece que eso es más una sobreactuación. La cuestión es qué proyecto de país, qué proyecto de Estado hay…

(Foto: Jaime Alonso)
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De pronto se escucha un ruido de bolsa. Imperceptible para nosotros, insoportable para el dueño de la casa. Es Wanchope, el gato, sobre la mesada. Sin interrumpir su oratoria, Godoy abre un cajoncito que tiene la mesa ratona que nos separa, saca algo —un juguete, una linterna, ¿una tijera tal vez?— y se lo tira. El objeto recorre cuatro metros de trayectoria y pega cerca del gato, contra los azulejos. Wanchope entiende el mensaje pero no se mueve, se queda ahí, sobre la mesada. Sigue hurgando en la cocina. Nosotros seguimos conversando.

—…Igual yo no creo que no podamos ser un país serio con un aborto ilegal. O mejor dicho: con una mayoría de ciudadanos católicos que creen que el aborto está mal. Se puede serlo. El aborto tiene que ser legal igual, no importa. Como en la casa de tus viejos, ellos tienen que decir lo que tenés que hacer, y se terminó. A mí, mis viejos me dijeron que podía estudiar lo que quiera, y estoy totalmente en desacuerdo. Yo a mis hijos no les voy a decir que estudien lo que quieran. Les voy a decir: «Estudien esto o esto». Si vivís en Europa lo podés hacer, pero es una mentira del progresismo ciertas zonas de la libertad. Yo creo que, justamente, un Estado serio debería poder contemplar a la ideología de los pañuelos celestes o de los pro-vida, con un aborto legal. No deberían mezclarse. Forma más parte de nuestra idiosincrasia la cultura pro-vida que la cultura abortista. Es como Trump en Estados Unidos. Trump es re americano. Obama no, los Bush y los Kennedy tampoco: son partes de una aristocracia. Trump sí, es una aristocracia de comerciantes, del mundo de los negocios, pero es un cabeza de termo americano. Lo que pasa acá es que los pañuelos celestes están muy territorializados por los movimientos religiosos. La religión no es solamente un modo de expresión, también es un modo de orden y de acumulación. Las religiones protestantes generan cada vez más acumulación y tienen cada vez más poder. Tiene que ver con eso también. Pero me parece súper interesante la mirada de los pañuelos celestes. No creo en esta cosa de que son unos trogloditas estancados en la Edad Media.

(Foto: Jaime Alonso)
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—¿Cómo te imaginás todo esto con un aborto legalizado?

—No creo que pasa nada, eh. No creo que haya mucho cambio social con el aborto legal. Sí hay un costo político que es que una vez que se legalice el aborto está la pregunta de qué es lo próximo que hay que legalizar. Cuál es la próxima batalla que hay que dar. La protagonista lee todo el tiempo el libro de Irene Villar, Maternidad Imposible, y ahí se cuenta cómo a la salida de una clínica un grupo de religiosos le grita «¡asesina!» Eso va a seguir funcionando. Los pro-vida van a seguir en contra del aborto y probablemente se manifiesten en cualquier lugar donde se puede ejercer la libertad de expresión. Pero no creo que cambie mucho.

—¿Existe una posible convivencia en entre estas dos cosmovisiones de mundo o de formas de entender el rol del Estado, como decías recién, o es imposible?

—Es otra expresión de la grieta. Que en realidad es otra forma de la grieta histórica civilización-barbarie. Lo paradójico, y lo interesante a la vez, es que siempre la civilización fue el liberalismo de derecha y la barbarie fue el populismo de centro-izquierda, o de derecha también; y lo que pasa ahora es que lo civilizatorio son los pañuelos verdes y los pro-vida son populistas, digamos. Lo que está proponiendo la discusión del aborto es una brecha enraizada que tiene que ver con la historia de la cultura nuestra. Estamos yendo a una civilización-barbarie un poco más lavada. Es como el juego de la silla, que cuando se apaga la música queda todo desordenado y acá vos, que sos de Boca, de repente te quedaste con la remera de River. «¿Cómo llegué hasta acá?», te preguntás. El aborto está haciendo un poco eso. A mí me gusta mucho Instagram, es una red social que consumo mucho, y me pareció muy interesante cómo un montón de minas, que estaban en contra del aborto, después estuvieron a favor. Era una cosa como: «El aborto está mal, pero pará, yo no quiero estar del lado barbárico. ¿Quiénes están acá? Todos católicos. Yo no quiero estar con los católicos. Quiero estar con los cool». El otro día leí la carta de una mina que levantaron los medios, que era abortista y conoció a Dios y cambió de opinión. Porque Dios todo lo puede. Era muy buena la carta. Pero ese fue el único caso que vi.

(Foto: Jaime Alonso)
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—Bueno, todo eso está representado en la novela. Con el poema de Esteban Bullrich y con ese posteo de Facebook del doctor, por ejemplo.

—Sí, sí, ese ida y vuelta y no saber dónde uno está parado. Porque es muy fácil decir «soy peronista» o «no soy peronista». Podés situarte históricamente. «Mi viejo era dirigente radical» o «mi viejo fue sindicalista» y ya está. Podés agarrar unos libros y decir «yo estoy acá» y listo. Pero con el aborto hay una cosa más profunda. «Yo soy peronista pero… al aborto no te lo paso». Cristina es un claro ejemplo. ¿Cómo puede ser que una mujer que va a la ONU y da unos discursos tremendos…? Bueno, la última época de Cristina como oradora fue medio un desastre. Discursos en Casa Rosada a puertas cerradas que eran un desastre.

—Sí, en el patio de la Casa Rosada hablándole a la militancia.

—Claro. Y en el mismo momento la mina iba a la ONU y daba unos discursos impresionantes. Discutía con Dios, con todo el establishment. ¿Cómo puede ser que una mina con ese nivel de enfoque y ese nivel de ejercicio de la oratoria y de la política no esté con el aborto, que esté en contra? Bueno, son esas paradojas.

—En la novela la protagonista dice que a la ficción ya no le alcanza para describir la realidad. ¿Creés que es propio de esta época?

—En otra época vos veías a un escritor y decías: «Mirá lo que se le ocurre a este chabón». La imaginación era un condimento. Ahora me parece que no, que va muy acompañado de la tecnología. Hoy en día gana el que tiene la cámara puesta justo ahí. Es esa. O estar en ese lugar con el celu. El que tiene acceso a ese instante documentado. Y la novela es un poco esto. Yo dije: «pará, acá tengo mucha data sobre el aborto». Yo me preguntaba cómo puede ser que nadie haya escrito un diario de aborto en primera persona. Sarlo dice que la literatura argentina contemporánea es una etnografía del presente. Básicamente un diario, contar lo que pasa. Me parece que inventarte una historia bien loca no sé si tiene sentido, porque en los diarios hay. Bueno, podés. No es nada en contra de la imaginación. Cuando estaba trabajando con el realismo hizo un libro sobre realismo: escuché a mucha gente contando historias bien locas y escribí Can solar. Pero me parece que hoy en día pasan cosas locas todo el tiempo. Estamos en un momento muy loco de la historia. Es como la argentinización del mundo, ¿viste que se dice un poco eso? De hecho dicen «la peronización de la política», y que Trump es totalmente peronista. Aparte fijate cómo ya en los noventa empieza a ganar fuerza el documental y la ficción documental, no sólo por las formas de producir y narrar que están vinculadas a narrarse a uno mismo y al entorno, todo esto ayudado por la tecnología, sino también que estamos en un momento en que la producción artística está atravesada por el archivo. Así como te dije que hoy gana el que tiene la cámara justo enfocada cuando pasó esto, también gana el que sabe archivar. Esto también es trabajar con el archivo diario de las redes, de la tele, de los diarios y de algunos testimonios. Es la administración de varios archivos. El arte contemporáneo está también muy situado en la documentalización y el archivo.

(Foto: Jaime Alonso)
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Así, Carlos Godoy aprendió a trabajar con el archivo. No es casualidad que haga música electrónica. Aunque no ahora. «Estoy un poco parado», dice de su álter ego, P4MP4, dj nocturno, que hace rato no toca, aunque sí lo hace cada tanto con ese grupo audiovisual llamado Los Tacvara. «Es un momento complicado. No hay nada que festejar. Y no lo digo desde una mirada ideológica, sino que… ¿quién quiere festejar si te están cortando el gas? Nadie pone plata para hacer una fiesta. Está todo mal. Sí es un momento para recluirse, escribir y unirse», concluye, alumbrado por lo últimos pedazos del atardecer que se cuelan por la ventana.

 

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